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¿Cómic en el cine?

¿Por qué llevar al dibujo animado un cómic bien nacido? ¿Qué necesidad hay? Este interrogante ya  me surgía hace poco más de un año, hablando de la película de animación “Arrugas”. La semana pasada tuve, por fin, la oportunidad de verla y continuo sin encontrar una respuesta satisfactoria para dicho interrogante. Es más, ahora cobra un vigor del que antes carecía para mí. “Arrugas” no es una mala película, al contrario, la considero un esfuerzo encomiable. Lo más importante, como en el cómic, sigue siendo el tema del que habla, el alzheimer. La película le añade una dosis de sentimentalismo que la hace algo empachosa. Quizás la aportación más interesante respecto al tema sea el enfoque que se le da, la manera en que se presenta al espectador. Dicha aportación ya la hizo Paco Roca en el cómic y, precisamente por eso, su lectura resulta impactante. La fuerza del cómic, la fuerza del lenguaje del cómic, se desinfla en la película.

Escribo esta entrada porque, esta semana he visto la versión cinematográfica del cómic de Marjane Satrapi, “Pollo con ciruelas”. Un caso parecido, con un nivel pleno de implicación por parte de la autora, en este caso es co-directora de la película. Hace mucho tiempo que leí el cómic y me encantó, de modo que me llamaba la atención verlo en el cine. A diferencia de “Arrugas”, aquí sí hay actores de carne y hueso, si bien incluye bastantes toques de animación. Salí del cine contento por haberla visto, pero, pensando de nuevo: “¿qué necesidad había de llevar esta historia a la gran pantalla?”. Tiene sus momentos brillantes, graciosos, emotivos, etc. El problema es que se hace larga y, como la película sobre el cómic de Paco Roca, empacha a ratos. Nuevamente, la fuerza del cómic se desinfla en el cine.

Ambos casos nacieron en forma de historieta. Y así desplegaron todo su potencial, haciendo disfrutar al lector, incluso a la crítica. Las metamorfosis sufridas en los dos ejemplos dan al traste con ese algo especial que se desprende de las viñetas del cómic. La lista con ejemplos similares sería muy larga. La mutación al cine no siempre empeora la historia, algún caso existe para confirmar esto. Eso sí, últimamente tiendo a pensar que incluso esto ocurre porque bajamos el listón debido a nuestro amor incondicional por el cómic en cuestión.

¿Por qué hacer una película de un cómic bien nacido? ¿Qué necesidad hay? Acabo esta entrada sin haber encontrado respuestas para estas preguntas.

Resurrección

La noche ha resultado más refrescante que el día atroz de verano. La brisa nocturna entra por la ventanilla completamente bajada. Conduzco, cansado y algo somnoliento. Estrujo la última lata de cerveza. Escuchar “I am the Resurrection” a un volumen lo bastante elevado, me mantiene en mi carril. A veces, las calles vacías, parecen un decorado diseñado especialmente para mí. Tan largas y silenciosas. Asfalto verde, asfalto rojo. A veces negro, pero me doy cuenta y vuelvo a abrir los ojos.

La casa estaba tranquila. Dulcemente hogareña y en silencio. El encantador y, sin embargo, intrigante silencio del domingo. La cama, deshecha y desocupada. Los pájaros, madrugadores, cantan con ansiedad. Se oyen en el jardín. Talaría todos los árboles. Pondría una maldita red que ocupara todo el jardín. Abro el frigorífico. En él solo queda leche o agua para beber. El estridente trino de los pájaros se ha posado definitivamente en mis oídos.

Sonreir, sin poder evitarlo, ante algo gracioso no tiene mérito. Sonreir como actitud, como elección consciente y premeditada, es una heroicidad. Ella suele sonreir mientras me peina, después de haberme bañado.

Me gusta contemplar los blancos visillos de las ventanas danzar despacio, mecidos por el viento suave del atardecer. Observándolos, logro relajarme tanto que no es difícil quedar dormido y olvidar todo lo demás. Debería haber visillos blancos en todas las ventanas de todas las casas.

Ha estado aquí. Lo sé, porque el grifo del lavabo gotea. El grifo del lavabo siempre gotea si no lo cierran con fuerza. Ella siempre lo deja goteando. En ocasiones no tengo fuerza suficiente y también lo dejo gotear. No acierto a evitarlo. Solo de cuando en cuando. Lo he dicho, solo en ocasiones.

Aparcar el coche en esta ciudad es tarea ardua. Más aún ya de madrugada. Todos tienen aparcados sus coches desde hace horas. Y no volverán a moverlos hasta dentro de otras cuantas horas más. Aparcar el coche puede llevar mucho tiempo, porque los huecos en los que aparcarlo se ensanchan o estrechan caprichosamente, de forma bastante malintencionada.

Es por la tarde y ella trabaja en su ordenador. Escucho música, “Résurrection”, la 2ª Sinfonía de Gustav Mahler, y disfruto mirándola concentrada ante la pantalla. Suele hacer una mueca graciosa con la boca cuando está profundamente inmersa en su tarea. Cada vez que me coloca en la silla tiene la misma expresión.

A veces, llevar la ventanilla completamente bajada para ir recogiendo el fresco de la noche veraniega, o escuchar “I am the Resurrection”, no es suficiente para mantenerse en el carril adecuado. A veces, la negrura se queda demasiado tiempo.

Puedo podar el jardín. Gasto horas y horas haciéndolo. No resulta cómodo, desde luego. Pero, me distraigo y me relajo. El jardín ha pasado a ser mi obra en estos últimos meses. Ella suele besarme la mejilla cuando sale a ver mis progresos. Parece considerar que mi trabajo merece la pena. Antes teníamos el jardín bastante descuidado.

Si se llega tarde a casa. Si ya está amaneciendo y la casa está vacía. Si los huecos del aparcamiento se ensanchan y estrechan caprichosamente. Ocupa tu lugar. Acuéstate en la cama vacía. No vuelvas sobre tus torcidos pasos.

No es una persona que huya. Habría tenido justificación y, sin embargo, queda demostrado que no es una persona que huya. Ni siquiera cuando, a mi llegada, no estaba en casa. No huía, solo salía a la superficie para llenar de oxígeno los pulmones y sentir el calor del sol en el rostro antes de regresar a las oscuras profundidades. A mí me dolía como si me arrancaran el esternón y me abrieran la caja torácica. Ella no lo hacía por egoísmo. No lo hacía por gusto. Simplemente, no es una persona que huya.

Al amanecer, la otra ciudad despierta. Despierta al ajetreo, al ruido, al trabajo. Aumenta el tráfico. Personas recién levantadas conducen hacia un destino concreto. Descansadas y aseadas, con un motivo para conducir. No hace falta estar recién levantado para tenerlo. Pero, si no lo estás, conviene tener un destino concreto al que dirigirse.

Veo mejor que antes. Antes era incapaz de ver más allá de mi nariz. O, probablemente, sería más justo decir que mi mirada veía lo que quería ver. Y lo que quería ver era sumamente doloroso. Solamente veía un pequeño cuerpo amoratado. Un cuerpecito abandonado por la vida apresuradamente, sin apenas haber empezado a vivir. Veía el dolor, la injusticia, cebarse en mí. Estaba ciego para ver la vida abriéndose paso entre la tragedia. Para vislumbrar siquiera el sufrimiento de quien estaba a mi lado, eligiendo ver y aferrarse a la vida, al amor. Yo no veía esas cosas. Me negué, inconscientemente.

Los párpados se cierran. Se cierran contrariando a la obstinación. Son más pragmáticos, ¿no es así? Conocen mejor dónde está la línea infranqueable. Mientras, la obstinación va cediendo. Y  se siente un cosquilleo en el estómago, que recorre las extremidades. Abandonarse al sueño, al cansancio pegajoso, es tan fácil después de horas y horas bebiendo sin descanso. Todo se precipita, ocurre muy rápido. Termina muy rápido. Tu vida ya no depende de ti, sino de las personas recién levantadas que conducen hacia un lugar determinado. De hecho, tu vida no volverá a estar en tus manos desde ahora. Pero, claro, eso aun no lo sabes. Más tarde irás comprendiendo. Cuando un profesional te de malas y buenas noticias. Y tú solamente retendrás la más mala entre las malas.

Me asegura que vive feliz. Debe ser verdad, porque sus ojos son transparentes, y al asomarme para ver qué se cuece en su interior, veo una luz intensa y clara. Y porque ya jamás encuentro la cama vacía. Hace gala de una fuerza admirable. Cuando hablo de fuerza no me refiero exclusivamente a la que emplea en levantarme o acostarme, o la que invierte cuando me saca a pasear por la ciudad. Cuando hablo de fuerza me refiero a esa capacidad existente en algunas personas que las hace superar la adversidad, por dolorosa que ésta sea, e incluso les sobre para ser y hacer felices.

Ya no conduzco. Ni he vuelto a escuchar aquella canción. Ahora me ocupo de mantener el jardín en su máximo esplendor. Ah, y de admirar la luz de sus ojos y la mueca graciosa de su boca mientras trabaja absorta frente al ordenador. Ahora veo mejor que antes.

El Camino de Santiago desde dentro y con críos

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La idea de hacer el Camino de Santiago se afianza obstinada en mi cabeza desde hace algún tiempo. ¿Yo haciendo el Camino de Santiago? ¿A qué viene eso? Como suele ocurrirme, no sé exactamente los motivos que dieron a luz la idea, ni tampoco los que hacen que esta parezca haber llegado para quedarse. En el confuso amasijo de razones, podría localizar algunas tan claras como el gusto por el arte medieval en general y el románico en particular. O la de apartarme de la realidad en la que estoy inmerso, rutina ruidosa y saturada,  para minimizar hasta la esencia el día a día, liberándolo de tantos y tantos accesorios que obstaculizan la contemplación. Es decir, el anhelo de una especie de saneamiento físico y espiritual, si se me permite hablar de este modo. No negaré que también supone un desafío, ni lo atractivo que eso me resulta.

Rechazo la visión que algunos parecen tener del Camino como mera gesta deportiva, o, peor aún, como ruta etílico-verbenera. Por otro lado, ciertos aspectos del Camino de Santiago actual me causan recelo, como la omnipresente masificación o la explotación a la que es sometido el peregrino en aquellos lugares donde los tentáculos de la industria turística se muestran más agresivos y sacan el sable a pasear sin la menor piedad.

Portada del libro “Diarios del Camino”

Pero, dejemos eso. Volviendo a las motivaciones que me impulsan a hacer el Camino de Santiago, existe una que convierte la idea en una “necesidad” acuciante. ¿Cuál? La respuesta es sencilla:  ya lo he vivido, etapa a etapa, desde Roncesvalles a Santiago de Compostela. De manera que sé la enorme ilusión que conlleva, el nerviosismo y las dudas de los primeros días, las alegrías y los sinsabores, los descubrimientos fuera y dentro de uno mismo, lo insignificantes que pueden llegar a ser los límites, el acecho de mil circunstancias que amenazan con desintegrar nuestras esperanzas,  y la emoción enorme por ver cumplidas las más exigentes expectativas.

Digo que lo he vivido, lo que no contradice el hecho de no haberlo caminado con mis propios pies. Lo he caminado con otros pies. Cinco pares de pies, para ser exactos. Los de Fco. Javier Gómez Caja, Cristina Lorente Karnetzky, Lucía, Martín y Carmen Gómez Lorente, autores de “Diarios del Camino. De Roncesvalles a Santiago de Compostela en familia”. Se trata de un libro autoeditado y creado con mucho cariño por los integrantes de esta familia a partir de los diarios en los que cada uno fue plasmando su propia experiencia. Los de las niñas y el niño (cuyas edades no superaban los nueve años), con escuetas y certeras pinceladas, a veces expresionistas, a veces hilarantes. La madre y el padre, con reflexiones y descripciones reflejo de la intensidad de cada jornada.

Sin ser una guía, no lo pretende ser, contiene una información valiosa a efectos prácticos. También se beneficia del bagaje pedagógico de los cabeza de familia, ambos dedicados a la docencia, lo que me parece una de las aportaciones más importantes del libro. De la maquetación se ha encargado Juana Mª. Gómez Caja (Tremenda dinamita). El prólogo corre a cargo del periodista Gregorio Parra, quien fuera voz del atletismo en TVE durante treinta años.

“Diarios del Camino” va a ser presentado el próximo viernes, 5 de octubre. Hay disponible más información en su blog, donde también se pueden adquirir ejemplares. Por si fuera poco, el acto incluirá un concierto muy especial de El Estudiante Larry.

Pesadilla de una noche de verano

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Volvía a casa cuando la tarde empezaba a ser noche. A esa hora, el calor aún persistía en su lucha por agobiar el máximo de horas posible. El aire pesaba. Me oprimía la sensación de que los orificios de mi nariz no eran lo suficientemente grandes como para inspirar el oxígeno que el organismo me demandaba. Desde el suelo ascendía un ardor sofocante, cargado de efluvios pestilentes. Las aceras de esta parte de la ciudad, pobladas de excrementos y orina de perros, junto a otro tipo de suciedad imposible de identificar a simple vista, contribuyen al enriquecimiento aromático de la calle durante el verano .

Subí al piso, deseoso de darme una ducha fría con la que mitigar la sensación de bochorno. Refrescado el cuerpo, era momento de alimentarlo. Tomé un poco de fruta como única cena. Me puse a mirar la televisión, sin ver ni escuchar. Compañía triste, nada exigente para quienes están demasiado solos y cansados.

Así me fue venciendo el sueño y, cuando desperté, la idea de dirigirme a la habitación para dormir cómodamente en la cama me parecía una hazaña titánica. Realizada la proeza, una vez echado en la cama, comprendí que no sería fácil volver a recuperar el bendito estado en que me encontraba sobre el sofá.

Un poco de paciencia y algunos largos minutos más tarde, me sumí en una pesadilla. Se escuchaba un leve sonido, un rumor más bien, que iba intensificándose lentamente. No tenía la menor idea de qué podía ser. El sonido crecía y crecía, mientras se acercaba al punto de la calle en el que estaba situada mi casa y donde, a esa hora, yo trataba de encontrar un apacible descanso, sin duda merecido. El rumor, que podría no haber sido más que la invención de mi agotada mente, cruzaba ya esa línea incierta en que el sonido se convierte en estruendo. Y el estruendo era realmente desconcertante; incluso, creo no caer en exageración si digo alarmante. Las vibraciones de la ventana de la habitación me acabaron por asustar. ¿Qué demonios era aquello? El corazón me latía completamente desbocado. Sentía la sangre agolparse en las sienes, bombeada con violencia. El ruido era ya ensordecedor. Un bufido metálico que estremecía y golpeaba en forma de pánico. A su vez, destellos anaranjados acabaron por inundar el cuarto con su luz intermitente en un caos que desfiguraba cualquier sensación de conexión con el espacio o el tiempo.

“¿Dónde estoy? ¿Qué es todo esto?”, me pregunté, débil y apocado. Y, justo en ese momento, la luz anaranjada se fue haciendo más tenue. El estruendo fue aflojando hasta volver a ser tan solo un rumor que finalmente se extinguió. El silencio ocupaba la noche, como al principio.

Me tapé la cara con las palmas de ambas manos, presionando con delicadeza. Trataba, así, de recuperar la consciencia de mi propio cuerpo. Un sudor febril me empapaba la frente. El corazón fue aflojando la violencia de su palpitar. La calma parecía descender desde su huida, posándose lentamente sobre toda la habitación y emprendiendo sigilosa su reinado. Me abandoné al agotamiento y a su mejor acompañante, el sueño.

No sé el tiempo que había pasado, pero ese infernal estruendo volvió a repetirse al menos en tres ocasiones más. En todas ellas con la misma cruel intensidad desconcertante. La última, eso sí, tuvo un colofón que superó todo lo sufrido con anterioridad. En el instante de máximo caos y ruido narrado anteriormente, se produjo una explosión vítrea que me catapultó a la frontera del colapso nervioso. Y, una vez más, el rumor apagándose, dando paso a la calma del silencio. Una vez más, me dejaba caer en los brazos del pegajoso cansancio, en otra calurosa noche de verano.

Pero, no las tenía todas conmigo. Como si de una meticulosa sesión de tortura se tratase, un ruido volvió a sobresaltarme. Esta vez no era aquel bufido metálico del averno. O, mejor, digamos que era su versión reducida, con el complemento del agresivo soplido acuoso que, a través de los oídos, azotó mi imaginación con visiones de monstruosas sierpes de tamaño enorme señoreándose de las calles. Solapadas por todo ello, creí oir voces humanas. Sí, en mi delirante estado me pareció escuchar retazos de conversaciones y risas de hombre. La luz anaranjada había vuelto para acentuar el desvarío que estaba sufriendo, proyectando en el techo la demoníaca  sombra de la lámpara, que giraba y giraba y giraba y…

Recuerdo perfectamente el sudor frío, a esas alturas presente en todo mi cuerpo. La respiración dificultosa. El corazón golpeándome el pecho para poder salir o acabar reventándolo. La opresión en el cuello, la garganta casi estrangulada por la tensión. Y mis labios temblorosos apenas balbuciendo en susurro enfermizo:  “yo no estoy bien, yo no estoy bien”.

A las siete de la mañana sonó el despertador. Me levanté trabajosamente de la cama. Me vestí y desayuné un buen café con leche acompañado de dos tostadas con aceite de oliva y un poco de sal. Me pesaban los brazos y las piernas. A duras penas lograba doblar y mover las extremidades, que parecían hechas con esa goma de la que están fabricados algunos muñecos. Mantener erguida la cabeza suponía emplear una energía de la que carecía, de modo que usé el brazo como soporte auxiliar mientras desayunaba. Al principio no comprendía por qué me sentía tan cansado. Pero, a medida que iba desembarazándome de la turbiedad mental del recién levantado, empecé a rememorar la pesadilla de la noche, y prorrumpí en una liberadora carcajada cuando caí en la cuenta de que dicha pesadilla no había sido otra cosa que la actividad nocturna del servicio de recogida de basura y limpieza de calles. La suma de calor, cansancio e insomnio había dotado de un lúgubre atrezo a la escena.

De mejor humor, miré el reloj de la cocina y vi que debía darme prisa si no quería llegar tarde al trabajo. Me lavé los dientes, cogí mis cosas y bajé insensatamente las escaleras, saltando los escalones de tres en tres. Rápidamente llegué abajo. Al abrir la puerta y poner el pie en la calle, la sorpresa fue mayúscula. Ante mis ojos, la calle lucía el mismo aspecto grosero y pestilente de la tarde anterior. Me quedé atónito. Difícilmente habría podido ser realidad y no sueño lo que había sufrido durante la noche. Me pareció imposible que aquella porquería hubiese sido generada tan de buena mañana. Por tanto, debía admitir que, efectivamente, lo de la noche anterior había sido una maldita pesadilla. “Lástima”, llegué a pensar, “habría merecido la pena que la pesadilla hubiese sido realidad y, por el contrario, la pestilencia y suciedad de las calles se convirtiesen en un mal sueño del que poderse despertar en cualquier momento”.

El Ilusionista

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El Ilusionista (Sylvain Chomet, 2010)

En la belleza de las formas de esta película de animación, llamada El Ilusionista, se aprecia claramente el cariño con que ha sido realizada. Es algo así como un homenaje a Jacques Tati, actor, director, guionista, productor…

Al igual que ocurre en las películas de Tati, en El Ilusionista el sonido es importante, lo que no quiere decir que posea mucho diálogo (en ese sentido se acerca al cine mudo). La parquedad de palabras de cuantos personajes pasan por la película no la desluce en absoluto, como tampoco queda deslucido el mejor cine por ser mudo (aunque, ya digo, esto es cine sonoro).

El dibujo es naturalista, pero estilizado a la manera clásica de los cómics, y los movimientos de los personajes son tan graciosos como elegantes. Los paisajes, urbanos, rurales o costeros, son sumamente evocadores. Caigo en la tentación de decir que incluso más de lo que podría serlo una fotografía.

Y la historia…, bueno, aquí seguiré mi tradicional omisión de la sinopsis (dejo en manos de los interesados esta parte). Solo diré que irradia la misma belleza que el resto de elementos de la película.

Admito que conocía a Tati tan solo de oídas. Eso sí, ahora tengo motivos bien fundamentados para acercarme a su obra. Por lo que he leído después de haber disfrutado del largometraje, cuenta en su filmografía con algunas joyas dignas de despertar el interés de los aficionados al humor repleto de gags. La vida de este talentoso hombre del espectáculo es igualmente curiosa.

Por último, la divertida Web oficial dedicada a Jacques Tati  exhibe un diseño retro sesentero que me impulsa a recomendar su visita (está en francés y en inglés).

De este lado de la eternidad

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“Una cosa era clara para mí: si continuaba retrocediendo, no tardaría en acorralarme contra la proa, como antes había estado a punto de conseguirlo en popa. Y si lograba cercarme, lo único que yo podía esperar de este lado de la eternidad eran nueve o diez pulgadas de acero ensangrentado dentro de mi cuerpo”

Un breve fragmento de La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. Me encanta la frase “de este lado de la eternidad”, la idea de que la eternidad tenga dos lados.

Píldoras azules

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Autor: Frederik Peeters

“Píldoras Azules”, de Frederik Peeters

De “Píldoras azules” (Ed. Astiberri, 2004) me ha gustado tanto la forma como el contenido. Frederik Peeters, su autor, tiene un estilo que cuida mucho los encuadres, algunos de los cuales son realmente interesantes. También es destacable la esencialidad en el uso de la tinta. Cuando digo esencialidad, me refiero a que no usa más color que el blanco del papel y el negro de la tinta. En algunas viñetas emplea tanta tinta que apenas quedan huecos en blanco. Otras viñetas poseen más huecos y unos pocos rasguños negros. Algo parecido (solamente parecido) a estar hablando de positivos y negativos fotográficos. En los dos casos consigue reflejar realidad con una economía de medios al alcance de los más diestros dibujantes (siempre me ha sobrecogido la capacidad de algunos grandes creadores de conseguir mucho usando muy poco). Por otra parte, las metáforas de esta historieta son tan agudas que provocan regocijo.

Autor: Frederik Peeters

Viñeta de “Píldoras Azules”

Peeters no solo se encarga del dibujo, también es suyo el guión. Y en el guión está otra de las claves que me llevan a considerar importante este cómic. Estamos ante uno de esos cómics autobiográficos. No pretendo estropear el argumento aireándolo, pero sí diré que su historia trata el tema del VIH y se asienta sobre la visión cercana que el autor tiene del asunto. Una mirada sin edulcorar y, desde luego, nada melodramática. Tan solo su manera de abordarlo ya hace que merezca la pena acercarse a “Píldoras azules”, uno de los cómics cuya lectura más me ha fascinado en los últimos tiempos.