Adicciones al estado de trance

“Y estas adicciones que me perturban actualmente no son otra cosa que adicciones al estado de trance; un medio de abreviar el tiempo, de que el tiempo pase sin que yo sienta dolor. Pero así también es cómo se me va la vida, cómo mi tiempo de vida se transforma en tiempo de nada, un tiempo cero”.

“La novela luminosa” (pág. 138, Mondadori, Barcelona, 2008), de Mario Levrero,

“You just have to carry on”

Para bien o para mal, o las dos cosas, somos lo que somos por todo lo vivido hasta el preciso momento en que uno piensa en ello. Laberintos, montañas, callejones sin salida… Mitos, ídolos, ideales, …caer en el vicio contraproducente de la idealización, adicción letal. Creer en dioses con demasiados mediadores; mediadores tan de carne y hueso como uno mismo. Humo, humo y más humo.

De pronto, sintiéndome torpe y culpable, recuerdo que hace muchos años ya escuché alto y claro lo que me ha llevado tanto tiempo y fatiga recordar. Me pregunto si lo volveré a olvidar y el humo me confundirá de nuevo.

Aquello que escuché alto y claro, estaba, entre otros lugares, en esta canción:

Ventana de cielo

Veo recomendable para cualquier hogar una ventana desde la cual admirar azul y ancho el cielo. Cuando el cielo se ve azul intenso en los días de aire limpio (alguno de estos hay), parece contagiarnos su claridad luminosa. Una ventana para mirar la luna durante una noche de verano, o de otoño, o de invierno, o, mejor aún, de primavera. Una ventana de cielo, hacia la que llorar la soledad en sus horas más bajas o desde la que gritar la alegría en sus horas más altas (o al revés). Cielo azul o nublado, recordatorio de la pequeñez que somos, manera hermosa de relativizar (como en la canción de The Kinks). Un trozo de cielo cuyo marco es la ventana, que no sólo es ventana, sino catapulta hacia cualquier lugar donde se pueda respirar y sentir mejor que entre cuatro paredes que, a veces, parecen inclinarse para caer sobre uno. La ventana es la mirada reposada, y, también, la salida, el escape, el aire refrescante, renovador. Sí, ya sé, la ventana puede tener sus desventajas, sus acechanzas; pero, me importan poco en este momento de anhelo de una ventana con un trozo de cielo. Porque no existe una ventana de ese tipo en mi casa, y eso que hay unas cuantas. Hace muy poco que he tomado conciencia de esa carencia. Ocurrió justo en el instante en el que me sorprendí contemplando gozoso una porción de cielo desde la ventana de otro piso que no es el mío. Me dije, ¿quién puede necesitar televisión contando con una de estas ventanas?

El momento climático para mí es el de la puesta de sol. Poder darme el regalo de esperar la despedida del sol, tendido sobre el sofá, mirando hacia la ventana, viendo cómo se confunde mi languidez con la de los últimos rayos solares, sin más ruido en la cabeza que el de la luz del ocaso.

Por eso digo que veo recomendable una ventana de este tipo para cualquier hogar. He escrito recomendable,  no necesario. Necesario es tener una lugar al que poder llamar hogar. Lo otro es, eso, recomendable.

 

Un padre

“Quiere que sus hijas tengan una vida antigua y una vida nueva, una vida indivisible de todas las vidas pretéritas, que emane de ellas, que las sobrepase, y otra vida que sea original, pura, libre, que trascienda el prejuicio que nos protege, la costumbre que nos moldea. Quiere que conozcan tanto la santidad como la degradación, la primera sin ignorancia y la segunda sin humillación”.

“Años luz” (Salamandra, 2013), de James Salter.

Abril

No se puede hacer nada.

Algunos, aunque miren, nunca ven

que abril no es sólo abril,

sino algo más, inmenso, incalculable.

Es muy fácil de ver, pero hay que verlo.

¿Cómo no se dan cuenta?

¿Dónde tienen los ojos?

Están ciegos del todo. No hay remedio.

Eloy Sánchez Rosillo, en “Oír la luz” (2008).

La piedra de la paciencia

La piedra de la pacienciaRecomendar una película que nos haya gustado especialmente tiene su parte peligrosa. Me acerqué a “La piedra de la paciencia” sin saber nada sobre ella y resultó que me encantó. Se trata de una película afgana de 2012, dirigida por Atiq Rahimi, escritor y cineasta. Me encantó hasta el extremo de sentirme empujado a animar a que los demás también la vean. Pero, cuando hablo de peligro, me refiero a que, detallando los motivos que han hecho tan satisfactoria la experiencia, podría privar del placer de llegar a la película sin prejuicios. ¿Por qué habría de robar ese placer a quienes deseen verla pormenorizando lo que ha motivado mi satisfacción? Hay críticas y reportajes que nos dan una información excesiva acerca de determinada película, libro o lo que fuere. Nos condicionan o, directamente, nos fastidian el visionado o la lectura señalando determinado giro o evolución en éste o aquél personaje, etc. No, no pienso contribuir a esa corriente embaucadora. Simplemente, contemplad el cartel y, si os resulta sugestivo, adelante (y si no, también deberíais verla).

De barreras y muros

Resulta un tanto descorazonador comprobar la pesada carga de prejuicios que soportamos. La mayoría de ellos nos han caído sobre la espalda y, como dóciles animales de tiro, los llevamos a cuestas sin preguntarnos por qué demonios transportamos tanto peso de oscuros remitentes.

En la mayoría de los casos esos prejuicios son heredados, o absorvidos, como partículas dispersas en el aire, dañinas, víricas. Partículas contaminantes enviadas a la atmósfera desde las grandes y lúgubres chimeneas de terroríficas fábricas de homogeneización del pensamiento. Porque existen personas para las que resulta tremendamente lucrativo que eso ocurra.

Y así, tirando de la imaginación se inventan realidades que sobrepasan las medidas humanas. Y así, se nos incita a amar apasionadamente tales realidades inventadas.

Así, también, debe ser cómo un catalán es tacaño, los del sur son menos trabajadores, para un anglosajón el español solo piensa en fiesta y siesta, etc, etc., etc. Tópicos, graciosos o no, malditos tópicos.

Por suerte, y eso es lo que me gustaría resaltar aquí, existen individuos que dan lustre a la noción de humanidad. Me refiero a esa especie humanista, viajera, de trato delicado y sensible, que te hace sentir la felicidad de estar vivo y las ventajas de ser humano. Esas personas que se dirigen a ti de forma amable, de individuo a individuo, diluyendo cualquier limitadora barrera. No sólo es un acto de elegancia y saber estar, es una actitud valiente y grandiosa, de ser humano verdaderamente evolucionado.

No pertenezco a ningún lugar imaginario creado por el ser humano no se por qué interés concreto. Formo parte, como todos vosotros, de una gran hermandad que es el Universo. Ese es mi hogar. Ese es el pequeño rincón en el que he sido creado. En él, por muy sentimental que suene, sueño con ver más y más extendida la humanidad a la que me he referido. Mientras tanto, paciencia y evitar ser contaminado completamente.