La noche ha resultado más refrescante que el día atroz de verano. La brisa nocturna entra por la ventanilla completamente bajada. Conduzco, cansado y algo somnoliento. Estrujo la última lata de cerveza. Escuchar “I am the Resurrection” a un volumen lo bastante elevado, me mantiene en mi carril. A veces, las calles vacías, parecen un decorado diseñado especialmente para mí. Tan largas y silenciosas. Asfalto verde, asfalto rojo. A veces negro, pero me doy cuenta y vuelvo a abrir los ojos.
La casa estaba tranquila. Dulcemente hogareña y en silencio. El encantador y, sin embargo, intrigante silencio del domingo. La cama, deshecha y desocupada. Los pájaros, madrugadores, cantan con ansiedad. Se oyen en el jardín. Talaría todos los árboles. Pondría una maldita red que ocupara todo el jardín. Abro el frigorífico. En él solo queda leche o agua para beber. El estridente trino de los pájaros se ha posado definitivamente en mis oídos.
Sonreir, sin poder evitarlo, ante algo gracioso no tiene mérito. Sonreir como actitud, como elección consciente y premeditada, es una heroicidad. Ella suele sonreir mientras me peina, después de haberme bañado.
Me gusta contemplar los blancos visillos de las ventanas danzar despacio, mecidos por el viento suave del atardecer. Observándolos, logro relajarme tanto que no es difícil quedar dormido y olvidar todo lo demás. Debería haber visillos blancos en todas las ventanas de todas las casas.
Ha estado aquí. Lo sé, porque el grifo del lavabo gotea. El grifo del lavabo siempre gotea si no lo cierran con fuerza. Ella siempre lo deja goteando. En ocasiones no tengo fuerza suficiente y también lo dejo gotear. No acierto a evitarlo. Solo de cuando en cuando. Lo he dicho, solo en ocasiones.
Aparcar el coche en esta ciudad es tarea ardua. Más aún ya de madrugada. Todos tienen aparcados sus coches desde hace horas. Y no volverán a moverlos hasta dentro de otras cuantas horas más. Aparcar el coche puede llevar mucho tiempo, porque los huecos en los que aparcarlo se ensanchan o estrechan caprichosamente, de forma bastante malintencionada.
Es por la tarde y ella trabaja en su ordenador. Escucho música, “Résurrection”, la 2ª Sinfonía de Gustav Mahler, y disfruto mirándola concentrada ante la pantalla. Suele hacer una mueca graciosa con la boca cuando está profundamente inmersa en su tarea. Cada vez que me coloca en la silla tiene la misma expresión.
A veces, llevar la ventanilla completamente bajada para ir recogiendo el fresco de la noche veraniega, o escuchar “I am the Resurrection”, no es suficiente para mantenerse en el carril adecuado. A veces, la negrura se queda demasiado tiempo.
Puedo podar el jardín. Gasto horas y horas haciéndolo. No resulta cómodo, desde luego. Pero, me distraigo y me relajo. El jardín ha pasado a ser mi obra en estos últimos meses. Ella suele besarme la mejilla cuando sale a ver mis progresos. Parece considerar que mi trabajo merece la pena. Antes teníamos el jardín bastante descuidado.
Si se llega tarde a casa. Si ya está amaneciendo y la casa está vacía. Si los huecos del aparcamiento se ensanchan y estrechan caprichosamente. Ocupa tu lugar. Acuéstate en la cama vacía. No vuelvas sobre tus torcidos pasos.
No es una persona que huya. Habría tenido justificación y, sin embargo, queda demostrado que no es una persona que huya. Ni siquiera cuando, a mi llegada, no estaba en casa. No huía, solo salía a la superficie para llenar de oxígeno los pulmones y sentir el calor del sol en el rostro antes de regresar a las oscuras profundidades. A mí me dolía como si me arrancaran el esternón y me abrieran la caja torácica. Ella no lo hacía por egoísmo. No lo hacía por gusto. Simplemente, no es una persona que huya.
Al amanecer, la otra ciudad despierta. Despierta al ajetreo, al ruido, al trabajo. Aumenta el tráfico. Personas recién levantadas conducen hacia un destino concreto. Descansadas y aseadas, con un motivo para conducir. No hace falta estar recién levantado para tenerlo. Pero, si no lo estás, conviene tener un destino concreto al que dirigirse.
Veo mejor que antes. Antes era incapaz de ver más allá de mi nariz. O, probablemente, sería más justo decir que mi mirada veía lo que quería ver. Y lo que quería ver era sumamente doloroso. Solamente veía un pequeño cuerpo amoratado. Un cuerpecito abandonado por la vida apresuradamente, sin apenas haber empezado a vivir. Veía el dolor, la injusticia, cebarse en mí. Estaba ciego para ver la vida abriéndose paso entre la tragedia. Para vislumbrar siquiera el sufrimiento de quien estaba a mi lado, eligiendo ver y aferrarse a la vida, al amor. Yo no veía esas cosas. Me negué, inconscientemente.
Los párpados se cierran. Se cierran contrariando a la obstinación. Son más pragmáticos, ¿no es así? Conocen mejor dónde está la línea infranqueable. Mientras, la obstinación va cediendo. Y se siente un cosquilleo en el estómago, que recorre las extremidades. Abandonarse al sueño, al cansancio pegajoso, es tan fácil después de horas y horas bebiendo sin descanso. Todo se precipita, ocurre muy rápido. Termina muy rápido. Tu vida ya no depende de ti, sino de las personas recién levantadas que conducen hacia un lugar determinado. De hecho, tu vida no volverá a estar en tus manos desde ahora. Pero, claro, eso aun no lo sabes. Más tarde irás comprendiendo. Cuando un profesional te de malas y buenas noticias. Y tú solamente retendrás la más mala entre las malas.
Me asegura que vive feliz. Debe ser verdad, porque sus ojos son transparentes, y al asomarme para ver qué se cuece en su interior, veo una luz intensa y clara. Y porque ya jamás encuentro la cama vacía. Hace gala de una fuerza admirable. Cuando hablo de fuerza no me refiero exclusivamente a la que emplea en levantarme o acostarme, o la que invierte cuando me saca a pasear por la ciudad. Cuando hablo de fuerza me refiero a esa capacidad existente en algunas personas que las hace superar la adversidad, por dolorosa que ésta sea, e incluso les sobre para ser y hacer felices.
Ya no conduzco. Ni he vuelto a escuchar aquella canción. Ahora me ocupo de mantener el jardín en su máximo esplendor. Ah, y de admirar la luz de sus ojos y la mueca graciosa de su boca mientras trabaja absorta frente al ordenador. Ahora veo mejor que antes.