Un padre

“Quiere que sus hijas tengan una vida antigua y una vida nueva, una vida indivisible de todas las vidas pretéritas, que emane de ellas, que las sobrepase, y otra vida que sea original, pura, libre, que trascienda el prejuicio que nos protege, la costumbre que nos moldea. Quiere que conozcan tanto la santidad como la degradación, la primera sin ignorancia y la segunda sin humillación”.

“Años luz” (Salamandra, 2013), de James Salter.

Abril

No se puede hacer nada.

Algunos, aunque miren, nunca ven

que abril no es sólo abril,

sino algo más, inmenso, incalculable.

Es muy fácil de ver, pero hay que verlo.

¿Cómo no se dan cuenta?

¿Dónde tienen los ojos?

Están ciegos del todo. No hay remedio.

Eloy Sánchez Rosillo, en “Oír la luz” (2008).

La piedra de la paciencia

La piedra de la pacienciaRecomendar una película que nos haya gustado especialmente tiene su parte peligrosa. Me acerqué a “La piedra de la paciencia” sin saber nada sobre ella y resultó que me encantó. Se trata de una película afgana de 2012, dirigida por Atiq Rahimi, escritor y cineasta. Me encantó hasta el extremo de sentirme empujado a animar a que los demás también la vean. Pero, cuando hablo de peligro, me refiero a que, detallando los motivos que han hecho tan satisfactoria la experiencia, podría privar del placer de llegar a la película sin prejuicios. ¿Por qué habría de robar ese placer a quienes deseen verla pormenorizando lo que ha motivado mi satisfacción? Hay críticas y reportajes que nos dan una información excesiva acerca de determinada película, libro o lo que fuere. Nos condicionan o, directamente, nos fastidian el visionado o la lectura señalando determinado giro o evolución en éste o aquél personaje, etc. No, no pienso contribuir a esa corriente embaucadora. Simplemente, contemplad el cartel y, si os resulta sugestivo, adelante (y si no, también deberíais verla).

De barreras y muros

Resulta un tanto descorazonador comprobar la pesada carga de prejuicios que soportamos. La mayoría de ellos nos han caído sobre la espalda y, como dóciles animales de tiro, los llevamos a cuestas sin preguntarnos por qué demonios transportamos tanto peso de oscuros remitentes.

En la mayoría de los casos esos prejuicios son heredados, o absorvidos, como partículas dispersas en el aire, dañinas, víricas. Partículas contaminantes enviadas a la atmósfera desde las grandes y lúgubres chimeneas de terroríficas fábricas de homogeneización del pensamiento. Porque existen personas para las que resulta tremendamente lucrativo que eso ocurra.

Y así, tirando de la imaginación se inventan realidades que sobrepasan las medidas humanas. Y así, se nos incita a amar apasionadamente tales realidades inventadas.

Así, también, debe ser cómo un catalán es tacaño, los del sur son menos trabajadores, para un anglosajón el español solo piensa en fiesta y siesta, etc, etc., etc. Tópicos, graciosos o no, malditos tópicos.

Por suerte, y eso es lo que me gustaría resaltar aquí, existen individuos que dan lustre a la noción de humanidad. Me refiero a esa especie humanista, viajera, de trato delicado y sensible, que te hace sentir la felicidad de estar vivo y las ventajas de ser humano. Esas personas que se dirigen a ti de forma amable, de individuo a individuo, diluyendo cualquier limitadora barrera. No sólo es un acto de elegancia y saber estar, es una actitud valiente y grandiosa, de ser humano verdaderamente evolucionado.

No pertenezco a ningún lugar imaginario creado por el ser humano no se por qué interés concreto. Formo parte, como todos vosotros, de una gran hermandad que es el Universo. Ese es mi hogar. Ese es el pequeño rincón en el que he sido creado. En él, por muy sentimental que suene, sueño con ver más y más extendida la humanidad a la que me he referido. Mientras tanto, paciencia y evitar ser contaminado completamente.

My brother, he’s in London

My brother, he’s in London, yeah! Y, a veces, siento que no puedo soportarlo. Mi hermano, mi David. El mismo gran muchacho que ha logrado vencer al hombre y trascenderlo, convertido en un héroe de carne hueso y …, también acero.

En aquellas lejanas salidas como colonos de la noche, antes de los múltiples diluvios que no han logrado destruirnos, ya me cuidaba y me escuchaba. Siempre me ha gustado oir sus reflexiones en voz alta, empapadas de sabiduría. ¡Cuánto he aprendido de él y por él! Aquellos años en que quebraba el negro cielo de la madrugada con su voz poderosa cantando el estribillo de “Alive!”, o cuando nos informaba: “I’m the Lizard King, I can do everything”. ¡Cómo echo en falta esos ratos estirados hasta el delirio, bebiendo cerveza y charlando sin parar! Diciendo tonterías, benditas tonterías.

Está bien que decidiera salir de aquí, de una situación que lo oprimía y amenazaba con empequeñecerlo (y eso no puede pasar).  Ahora parece feliz, satisfecho y, estoy seguro, más que lo va a estar (como diría nuestro otro hermano). Porque mi hermano nació para hacer cosas grandes empleando cosas pequeñas. Y cuando digo cosas grandes me refiero a cosas grandes. Esa es la manera de hacer las cosas de las personas que llaman a las cosas por su nombre (¡me encanta este tipo de expresiones grandilocuentes!).

Demasiadas veces siento la tentación de llamarlo para quedar con él a tomar unas muchas cervezas. Porque, mi hermano me escucha de verdad, con paciencia y generosidad. Mi hermano me conoce como poquísimas personas (me sobran dedos de una mano para contarlas -otra de esas grandilocuentes-). Mi hermano me quiere tal y como soy, con mis virtudes y mis miserias, y nada en este mundo le ha obligado jamás a hacerlo, simplemente le da la gana. También yo lo quiero y lo echo de menos. Y, ¡maldita sea!, no puedo quedar con él porque está en tierras de piratas hunde barcos y expoliadores y… elaboradores de preciosos jugos de malta de cebada y amargos lúpulos.

¡Ay, hermano, qué ganas tengo de darte un abrazo! Con la edad uno se va volviendo más sentimental (¿otra expresión grandilocuente?), hasta el punto de airear en este pequeño rincón del mundo que es el blog dicho embarazoso sentimentalismo. Anyway, I love you, my brother!

Otro recuerdo, oírte cantar una estrofa de esta canción, con la que, de paso, nos homenajeo:

De limpieza y religión

“La señora Joe era un ama de casa muy limpia, pero tenía el arte exquisito de hacer su limpieza más desagradable y más incómoda que la misma suciedad. La limpieza es lo que está más cerca de la divinidad, y mucha gente hace lo mismo respecto a su religión”

Grandes Esperanzas, Charles Dickens.

¿Por qué seguir escribiendo aquí? (El regreso)

Resulta que llevo ocho meses sin escribir nada en el blog. Toda una especie de “noche oscura” (en decir de San Juan de la Cruz). Me gustaría dedicar esta entrada a reflexionar acerca de las causas de tan largo silencio y de la naturaleza de este espacio.

En primer lugar, diversos motivos han dificultado durante estos meses el encontrar momentos adecuados para escribir. Podría decir que ésta ha sido una sequía creativa, pero no estaría siendo justo ni preciso. En primer lugar, he estado prácticamente desaparecido de la red de redes todo este tiempo, lo que significa estar completamente apartado de blogs que me interesan y seguía con mucha regularidad. ¿Por qué he abandonado el ciberespacio? Ha sido una especie de escapada, una huida del ruido, de la saturación, de la indigestión de datos y más datos, de una cantidad desbordante de información de todo tipo. Tanto de lo que alimentarse y, sin embargo, tan limitada capacidad de digestión. He llegado a estar verdaderamente harto de los blogs. “¿Por qué demonios cualquiera habla de cualquier cosa?”, me preguntaba. O, “¿por qué en Internet todo puede parecer tan importante y tan vacío y efímero a la vez?”. La indigestión me ha dejado un poco tocado, he de confesar.

Todo ello me conduce a plantearme una cuestión delicada: ¿por qué habría yo de seguir aportando ruido a ese estruendo ensordecedor?. También podría plantearlo así: “¿por qué debería importar a alguien lo que opino de esto o de lo otro?”. En serio, ¿por qué lo hacemos? ¿Cuál es el motivo de querer ser escuchados?.

No he encontrado respuestas satisfactorias. Eso sí, he conseguido llegar al punto en el cual determino seguir adelante. Principalmente porque no creo que con esto pueda hacer daño a nadie. Y, ¿quién sabe?, del mismo modo en que he disfrutado de ciertos post en aquellos blogs que tengo por favoritos, quizás algún espíritu errante de la blogsfera halle algún tipo de pequeña sensación agradable al visitarme (ya me gustaría). Claro está que aquí hablo de cualquier cosa desde una perspectiva personal y, lógicamente, completamente subjetiva. En fin, eres libre de leerme o considerarlo una pérdida de tiempo.

Otra cosa que me preocupa es el historial del blog. Lo que para muchos será un número bastante discreto de entradas que dan vida y cuerpo a este mi pequeño rincón del mundo, es para mí algo que ha adquirido dimensiones incómodas. Aún no siendo muy dado a hacerlo, he releído últimamente alguno de mis post más antiguos y he descubierto que no los volvería a escribir así. Es más, ni siquiera pienso lo mismo que pensaba cuando los escribí.

La tentación que me sobrevino en un primer momento fue eliminar aquella línea de post con la que ya no me identifico o clausurar el blog. Después, me dio por pensar que el blog es un ente vivo, que muestra un camino recorrido, con sus tentativas, con sus aciertos, sus tropiezos, sus atajos oportunos o los que nos hacen recorrer más de lo esperado inicialmente, etc. Así que pensé en seguir el camino, sin sonrojarme por mirar atrás y ver lo recorrido, ni sentir nada parecido a temor a lo que pueda salir de la ruidosa percusión de mis dedos sobre el teclado (espero que sea algo más que ruido).

Concluyo rogando a quien lea este blog que no se apresure al enjuiciar lo que en él se vaya escribiendo. Me atrevo a solicitar a ese posible lector que, antes bien, extraiga la esencia de Micabezacuadrada, liberándola de los distintos aderezos más o menos acertados o abiertamente errados.

Espero no volver a sentir esa necesidad acuciante de huida y reconciliarme con todos esos blogs que tanto me gustan . Igualmente, me propongo evitar que pasen otros ocho meses sin haber escrito nada aquí.